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Nuria Ferrer Añón

Hombres que odian, pantallas que reproducen

Incels, artistas de la seducción, trolls, hombres que siguen su propio camino, ¿habías oído hablar alguna vez de ellos? Hasta hace poco, para mí, estas comunidades pasaban completamente desapercibidas.

Los hombres que odian a las mujeres de Laura Bates, se presenta como una lectura que despierta desde el inicio la necesidad de comprender qué hay detrás de estas etiquetas y por qué han adquirido una presencia creciente en el espacio digital y mediático. En él, la autora muestra una investigación necesaria para comprender cómo la misoginia se organiza, se legitima y se expande a través de plataformas digitales aparentemente neutrales. Mediante la exposición y explicación de subculturas misóginas que se encuentran escondidas online (o no tan escondidas), la autora muestra que la machoesfera no es un fenómeno marginal o aislado. El libro no se limita a describir estas comunidades, sino que analiza las condiciones sociales, culturales y tecnológicas que hacen posible su emergencia, expansión y su progresiva normalización y legitimación.

La red del odio

La mayor parte de gente que está inmersa en alguna red social ha podido observar la proliferación de discursos de odio en estos entornos digitales. Por esto mismo, Bates combina observación participante, análisis discursivo y seguimiento de trayectorias digitales, adentrándose en foros, redes sociales y plataformas vinculadas a grupos misóginos. A través de este recorrido, expone cómo estas comunidades comparten una visión del mundo basada en el resentimiento, la jerarquía de género y la deshumanización de las mujeres.

Lejos de funcionar como espacios aislados, el libro muestra con claridad cómo estos entornos actúan como nodos interconectados de una red ideológica que se retroalimenta y se adapta con facilidad a distintos contextos culturales y tecnológicos.

Comunidad tóxica: aprender a odiar en grupo

Uno de los aportes más relevantes del análisis de Bates es el desplazamiento del foco desde los individuos hacia las estructuras. Los participantes de la machoesfera no son presentados como sujetos excepcionalmente violentos o patológicos, sino como productos (y a la vez productores) de un sistema de género que impone modelos rígidos de masculinidad, jerarquías de poder y expectativas imposibles de cumplir.

Desde esta perspectiva, el libro invita a una reflexión necesaria y fundamental: el machismo no solo daña a las mujeres, sino que también genera malestar, frustración y vergüenza en muchos hombres que no encajan en el ideal de masculinidad viril, dominante y exitosa que el propio sistema promueve.

Como se ejemplifica en el libro, muchos de los hombres que llegan a estos espacios son jóvenes, socialmente vulnerables y emocionalmente aislados. No se trata únicamente de odio, sino de una búsqueda desesperada de sentido, pertenencia y reconocimiento. En muchos casos, estos sujetos se encuentran en pleno proceso de construcción identitaria. Es entonces cuando la machoesfera aparece ofreciendo respuestas simples a problemas complejos, canalizando el malestar individual hacia un enemigo común: las mujeres y el feminismo. En este instante, comienzan a exponerse de forma constante a contenidos y discursos que refuerzan el resentimiento y la deshumanización, lo que genera una progresiva insensibilización y dificulta la capacidad de reconocerlos como problemáticos.

Más allá de la ideología, la machoesfera proporciona también un fuerte sentimiento de comunidad. Para muchos jóvenes, estos espacios funcionan como lugares de socialización, aprendizaje y apoyo emocional. El problema no reside únicamente en el contenido explícitamente violento, sino en el proceso gradual mediante el cual se normaliza una visión del mundo profundamente desigual. Si no se nombra, si no se aborda de forma explícita en espacios educativos y sociales, resulta difícil que quienes están expuestos a estos discursos desarrollen herramientas para detectarlos y cuestionarlos. ¿Qué ocurre cuando las únicas narrativas disponibles sobre relaciones, sexualidad y género provienen de espacios misóginos? Como bien dice Laura Bates, la ausencia de una educación afectivo-sexual basada en el consentimiento, el respeto y la igualdad deja un vacío que estas comunidades ocupan con facilidad.

Del anonimato a la viralización y normalización

Uno de los aspectos más inquietantes que atraviesa el análisis de Bates es el desplazamiento de estos discursos desde los márgenes digitales hacia el centro del debate público. La autora muestra cómo ideas que antes circulaban en foros anónimos han encontrado eco en medios de comunicación, tertulias televisivas y discursos políticos institucionales. La normalización no se produce solo por la repetición, sino también por la legitimación que otorgan figuras públicas con elevado poder simbólico.

Resulta difícil no pensar en líderes políticos como Donald Trump o Boris Johnson, cuyos discursos y actitudes han reforzado narrativas profundamente alineadas con la ideología de la machoesfera. Cuando dirigentes de este calibre banalizan el sexismo, ridiculizan el feminismo o cuestionan los derechos de las mujeres, el mensaje que se transmite es claro: estas ideas no solo son aceptables, sino defendibles en el espacio público. En este contexto, la cuestión deja de ser cómo identificar la misoginia extrema y pasa a ser cómo confrontarla cuando quienes ostentan el poder contribuyen activamente a su difusión.

En este proceso, los medios de comunicación desempeñan un papel clave en esta difusión. En nombre de la libertad de expresión, el debate y la pluralidad de opiniones, se concede espacio a discursos misóginos presentándolos como opiniones legítimas y equiparables a aquellas que defienden la igualdad. Este tratamiento mediático contribuye a diluir el carácter violento de estas ideas y a reforzar su normalización.

Y mientras todo esto ocurre, nos continuamos preguntando: ¿realmente es tan fácil acceder a este contenido? ¿No son solo cinco adolescentes en el ordenador de su casa? Tristemente, no. Solo hace falta leer los datos que aporta Laura Bates sobre la cantidad de foros misóginos y, más preocupante, de suscriptores que tienen. Ver como Bates relata que, al buscar en YouTube "¿qué es el feminismo?", el algoritmo le fue llevando a videos que hablan sobre la amenaza que presenta el feminismo para los hombres hoy en día, es realmente alarmante.

¿Y las plataformas no pueden restringir este contenido? El acceso a contenidos misóginos no requiere una búsqueda explícita, sino que se produce de forma progresiva a través de dinámicas algorítmicas capitalistas orientadas a maximizar la atención y el beneficio económico. La indignación, el odio y la confrontación generan tráfico, visualizaciones y, con ello, beneficios. Aunque las plataformas tienen capacidad para restringir estos contenidos, sus modelos de negocio limitan seriamente los incentivos para hacerlo de manera efectiva. En este escenario, las respuestas feministas en el entorno digital existen, pero compiten en clara desventaja frente a esta lógica algorítmica que favorece la polarización.

Ideología contra sí misma

A lo largo del libro, Bates señala también las contradicciones internas de estos movimientos, mostrando que sus peores enemigos son ellos mismos y su propia ideología. Al defender una visión rígida y jerárquica del género, acaban reproduciendo las mismas estructuras que afirman combatir. Muchas de sus quejas se sostienen, precisamente, en los mismos principios que refuerzan.

Un ejemplo ilustrativo que trata Bates es la recurrente queja sobre las custodias de menores tras los divorcios, presentadas como una injusticia sistemática hacia los hombres. Estas reclamaciones se sostienen, sin embargo, en estereotipos de género que los propios movimientos misóginos refuerzan: la idea de que las mujeres deben asumir el cuidado y los hombres el rol productivo. A pesar de la facilidad con la que estas ideas pueden ser desmontadas desde un punto de vista racional, el apoyo simbólico y mediático que han logrado dificulta mucho el camino.

Masacres invisibles, víctimas olvidadas.

Uno de los aspectos más duros de digerir del libro es la explicitación de masacres perpetradas por hombres vinculados a estas ideologías, cuyo objetivo principal era asesinar mujeres por el hecho de ser mujeres. Pese a ello, estos actos rara vez forman parte del imaginario colectivo. No se les da repercusión en los medios y rara vez son catalogados como actos terroristas, aun cuando encajan plenamente en su definición. Sin embargo, esta omisión no es casual, sino que refleja una jerarquía de víctimas profundamente marcada por el género.

La violencia contra las mujeres ha sido históricamente normalizada, justificada o minimizada. Nos hemos acostumbrado a ver mujeres morir a manos de hombres, interpretando estos hechos como tragedias privadas, crímenes pasionales o sucesos inevitables. No se condenan como aberraciones colectivas con la misma contundencia con la que reaccionamos ante otras formas de violencia. Ante esto, Bates invita a cuestionar esta doble vara de medir y a repensar los marcos desde los que se interpreta la violencia.

Antídotos contra el odio

Aunque el análisis de Bates se centra principalmente en el contexto anglosajón, el libro invita a plantear la necesidad de investigaciones específicas en otros marcos nacionales, como el español. La creciente presencia de discursos antifeministas y misóginos en el espacio público español sugiere que estas dinámicas no son ajenas a nuestro contexto. ¿Hasta qué punto la machoesfera es un fenómeno transnacional? ¿Cómo se adapta a diferentes marcos culturales, políticos y mediáticos? Explorar estas cuestiones permitiría comprender cómo estas ideas circulan, cómo se traducen y cómo se articulan con conflictos locales. En este sentido, el libro de Bates funciona como un punto de partida, abriendo líneas de investigación fundamentales para el análisis crítico de la cultura digital contemporánea.

Frente a este panorama, Bates propone lo que denomina 'antídotos poderosos' para hacer frente a esta problemática: reconocer el extremismo misógino como una amenaza real; cuestionar de manera efectiva los estereotipos de género que lo alimentan; invertir en educación digital crítica; formar a instituciones y, sobre todo, a jóvenes y familias para analizar y evaluar las fuentes informativas; y asumir la responsabilidad que tienen las plataformas en la circulación de estos discursos. No se trata de soluciones rápidas, sino de intervenciones profundas y sostenidas.

Pero para que estas medidas puedan implementarse de forma efectiva y puedan surgir nuevas actuaciones, es imprescindible asumir la magnitud y la profundidad del problema. Nombrar estas ideologías, analizarlas y situarlas políticamente es un paso indispensable para desactivar su capacidad de daño.

En definitiva, Los hombres que odian a las mujeres es un libro incómodo pero imprescindible, que no solo expone un fenómeno alarmante, sino que ofrece herramientas para comprenderlo y enfrentarlo. Revela cómo la misoginia estructural circula y se normaliza, y por qué no permanecer indiferente es urgente. Una lectura que abre los ojos, cuestiona ideas arraigadas y convoca a actuar. Un libro que no solo hay que leer, sino difundir.

Referencias

Bates, Laura (2023). Los hombres que odian a las mujeres. Capitán Swing


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